El pensamiento postmoderno no constituye, propiamente
hablando, una concepción del mundo, sino una multiplicidad de ellas.1)
Según Fredric Jameson, profesor de Cornell University (USA), un
signo típico de que se está ante un pensamiento de corte
postmodernista es la cuestión de la “sordera histórica”.
Este rasgo se constituye en un elemento clave a la hora de conceptualizarlo.
El hombre postmoderno ha olvidado cómo se piensa históricamente,
y esto produce grandes dificultades al intentar medir la temperatura de
algo que ni siquiera podemos asegurar que sea una “época.
2))Un síntoma clave del pensamiento postmoderno
es la negación del tiempo como una dimensión explicativa
de los hechos. Por el contrario, en las Sagradas Escrituras se presenta
a los eventos históricos unidos teleológicamente, siguiendo
un curso definido, con significado y propósito. La visión
bíblica del tiempo está gobernada por una filosofía
de la historia cuyo tema central es el conflicto cósmico entre
Cristo y Satanás. Esta visión del tiempo tiene hitos reconocibles:
la creación, la caída, el pacto, Cristo, la obra de la redención,
el juicio investigador, y la segunda venida de Cristo con su consecuente
retribución de castigos y recompensas, la seguridad de un fin y
de un nuevo comienzo. Esta “sordera histórica” padecida
por el Postmodernismo niega la relevancia de la línea histórica
bíblica y la veracidad de sus eventos principales. Así,
si la historia ya no tiene valor, tampoco los hechos que la determinan.
El pensamiento postmoderno está demasiado preocupado
con el presente, sin sentir ninguna necesidad de raíces históricas
o de un destino atrayente. Esta irrelevancia de la historia y del destino
produce una superficialidad que permea la cultura postmoderna a partir
de sus principales notas: un culto de la imagen y del simulacro, el ordenamiento
de una vida que gira en torno a la tecnología, se entreteje a partir
de una retórica del mercado y que ha impuesto su lógica
del consumo frenético, un nuevo suelo emocional, directa consecuencia
de un galopante irracionalismo gestado a partir de la negación
de la Modernidad y sus productos. El resultado es lo que Jean F. Lyotard 3)
llama una negación de las “narrativas maestras” —programas
racionales “que cantaban las esperanzas y la fe en la liberación
de la humanidad”
4)Así, mientras el Postmodernismo puede haber
sufrido una pérdida radical en lo que éste ha rechazado,
ha establecido para sí mismo otros grandiosos proyectos socioculturales,
apoyados sobre una fuerte base político-religiosa.
El radical desprestigio en que caen los proyectos utópicos
durante la Postmodernidad ve cumplida su complementación, por un
lado, en la imposición de proyectos socioculturales —efectivamente
“reales”— insuflados por fuertes fundamentalismos político-religiosos
y, por otro lado, proyectos globalizantes, también marcadamente
ideológicos (por más que la idea del “fin de la historia”
pretenda negar la existencia de las ideologías predicando su muerte),
y sosteniéndose en el espacio central que ha adquirido la economía
en el mundo. Este último tipo de proyecto, más comúnmente
conocido como el “Nuevo Orden Mundial”, se presenta como democrático
y pluralista en materia de religión, pero de alguna manera se las
ha rebuscado para fundirse en un único y hegemónico movimiento
de ideas cuya arista cultural-religiosa no es otra que la Nueva Era.
5)A estos elementos centrales que hemos consignado como
constituyentes de la Postmodernidad cabe agregar algunos otros, de índole
antropológica y social. La mentalidad vigente en la sociedad postindustrial
se configura por su visión fragmentada de la realidad, una orientación
pragmático-operacional, antropocentrismo y relativismo, atomismo
social y una fuerte tendencia hedonista, caracterizada por la constante
búsqueda del placer, el fin de la “ética del deber
una renuncia al compromiso y la responsabilidad y el “desenganche
institucional a todos los niveles: político, ideológico,
religioso, familiar, etc.”
6)En su celo por atacar el secularismo y el frío
racionalismo que trajo la Modernidad, la Postmodernidad resalta el rol
de las emociones, los sentimientos y la imaginación. Los efectos
sociales y culturales de la Modernidad se tornan claramente evidentes:
un medio ambiente natural que muere, seres humanos alienados, privados
de libertad real, un galopante incremento de la pobreza y la delincuencia,
la carencia de identidad individual y nacional como efecto de la política
mundial de bloques. Ante esto, ¿qué tiene para ofrecer el
Postmodernismo? Un movimiento contracultural que va en busca de gratificaciones
inmediatas y no diferidas, una irracionalidad puesta de manifiesto en
nuevas formas de conocimiento, liberación sexual
y la anarquía como norma social.
7)Mientras tanto, la ciencia también cambia su
paradigma y abandona el modelo empirio-racionalista que aspiraba a la
universalidad y a la objetividad absoluta del conocimiento. Como resultado,
adquiere un carácter probabilístico y pasa a depender más
que nunca del ojo del observador. La ciencia actual, luego de la desmitologización
epistemológica, ya no es aquel terreno firme y seguro de antaño.
Todo esto lleva al científico a encontrarse tal como el hombre
de la calle frente al misterio de la realidad, situación epistemológica
que favorece la apertura de la conciencia hacia otras dimensiones y las
cuestiones últimas. Pensemos por un momento en el impacto que tales
ideas pudieron ocasionar en el origen de los conceptos pseudocientíficos
que integran la Nueva Era, tales como las medicinas alternativas y la
astrología, por ejemplo. En este sentido, la relación entre
Postmodernismo y Nueva Era se establece especialmente a partir de la vulgarización
de las ideas postmodernas. Parte de éstas han ocasionado en el
mundo, que en definitiva no se rige intelectualmente, tendencias que confluyeron
y se plasmaron en una nueva (vieja) religiosidad.
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